Diario de Moscu

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4 de enero

Mi cita con Kogan tenía fecha de hoy. Pero Nieman me llamó por la mañana para decirme que tenía que ir al Instituto a la una y media, ya que organizaban una visita al Kremlin. La mañana la pasé en casa. En el Instituto nos juntamos cinco o seis personas; al parecer, todos ingleses menos yo. Fuimos al Kremlin a pie, guiados por un señor más bien desagradable. El paso era acelerado y me costó muchísimo seguirles el ritmo; al final, el grupo tuvo que esperarme a la entrada del Kremlin. Lo primero que llama la atención dentro del recinto es el aspecto excesivamente cuidado de los edificios del Gobierno. Para mí es sólo comparable a la impresión que producen esas construcciones símiles a los libros de cuentos que se dejan ver en el Principado de Mónaco, donde el privilegio de los residentes pasa por la cercanía de sus casas con la de sus gobernantes. Se le asemeja hasta en los colores claros que ilustran sus fachadas, pintadas de blanco o de amarillo crema. Pero mientras allí todo se ve implicado en un juego de luces y de sombras, lo que aquí domina es la claridad uniforme de un campo de nieve en el que la composición de colores es indiferente. Más tarde, cuando la luz comenzó a menguar, este campo pareció ensancharse todavía más. Apenas pasando las ventanas brillantes de los edificios administrativos, las torres y las cúpulas se alzan al cielo de la noche como monumentos derrotados que hacen guardia ante las puertas de los vencedores. La oscuridad se ve atravesada por los haces de luz de los faros de los coches. Esta luz espanta a los caballos de los soldados de caballería, que tienen en el Kremlin un gran campo de entrenamiento. Los peatones han de abrirse paso con esfuerzo por entre los coches y los caballos. Hay largas hileras de trineos retirando la nieve; también algún que otro jinete. Sobre la nieve se han posado silenciosas bandadas de cuervos. Los guardias custodian las puertas del Kremlin en medio de esa luz cegadora, ataviados con sus osadas pieles de color ocre. Sobre ellos destaca la luz roja que regula el tráfico de la entrada. Todos los colores de Moscú convergen como un prisma hacia aquí, centro del poder ruso. El club de los soldados del Ejercito Rojo da a este campo. Entramos en él antes de abandonar el Kremlin. Sus salas son limpias y claras, y parecen más sencillas y austeras que las de otros clubes. En la sala de lectura hay muchas mesas de ajedrez. Gracias a Lenin, quien también lo practicaba, el ajedrez fue fomentado de manera oficial en Rusia. En la pared hay un mapa-relieve de Europa, con un contorno esquematizado de manera simplista. Al girar una manivela que hay junto a él, van iluminándose, uno tras otro, y por orden cronológico, los lugares de Rusia y del resto del continente en los que vivió Lenin. Pero el aparato estaba estropeado y siempre se iluminaban varios lugares a la vez. El club tiene una biblioteca en la que se pueden sacar libros a préstamo. Me maravilló un anuncio en el que se explicaba con palabras y con bonitos dibujos de colores de cuántas maneras se puede evitar que un libro se deteriore. La visita estuvo mal organizada. Cuándo llegamos al Kremlin, ya eran cerca de las dos y media, y al entrar por fin en las iglesias, después de haber visitado la Oruscheinaya Palata[96], la oscuridad en su interior era tal que ya no se podía distinguir nada. Aunque debido a que sus diminutas ventanas están tan altas, de cualquier modo se necesita de iluminación interior adicional. Visitamos dos catedrales: la del Arcángel y la de Uspensky. Esta última es el templo donde se coronaba a los zares. El poder de estos debió de estar representado en su máxima expresión en sus numerosas aunque pequeñísimas salas. La tensión que esto daría a las ceremonias es algo difícil de imaginar hoy en día. Aquí, en las iglesias, el tedioso guía se retiró, y unos viejos y simpáticos custodios fueron iluminando lentamente las paredes con velas. Lamentablemente, no había mucho para ver. La gran cantidad de imágenes, todas ellas a simple vista idénticas, tampoco le dicen nada a quien no es ducho en esto. De cualquier modo, la claridad aún bastaba para ver el exterior de las maravillosas iglesias. Recuerdo, en particular, una galería vecina al Gran Palacio del Kremlin, cubierta en un gran número por los colores brillantes de las pequeñas cúpulas; creo que en ella se encontraban los aposentos de las princesas. En otro tiempo, el Kremlin fue un bosque: el nombre de la más antigua de sus capillas es «Iglesia del Redentor del Bosque»[97]. Más tarde se convirtió en un bosque de iglesias y, pese a que los últimos zares talaron para hacer sitio a nuevas construcciones desprovistas de interés, aún quedó más que suficiente lugar para crear un laberinto de iglesias. También aquí hay numerosas imágenes de santos que montan guardia en las fachadas, desde las cornisas más elevadas, mirando hacia abajo como pájaros que encontraron refugio bajo el tejado. Sus cabezas, inclinadas como retortas químicas, expresan congoja. Desgraciadamente, la mayor parte de la tarde se dedicó a las grandes colecciones de la Oruscheinaya Palata. Su esplendor es deslumbrante, pero sólo sirven para distraer, cuando lo que uno desearía es concentrar todas sus energías en la magnífica topografía y en la arquitectura misma del Kremlin. Es fácil que permanezca inadvertida una de las causas fundamentales de su belleza: no hay un solo monumento en toda su extensión. En Europa, en cambio, apenas existe plaza alguna que no haya sido profanada y vulnerada en su estructura más íntima, a lo largo del siglo XIX, con algún monumento. De las colecciones me llamó especialmente la atención un carruaje, regalo que el príncipe Rasumofsky[98] le había hecho a una de las hijas de Pedro el Grande. Su ampulosa y ondulante ornamentación podría marear al cualquiera sin necesidad de moverse, antes siquiera de imaginarse su balanceo por carretera, y si uno se entera además de que fue enviada desde Francia por mar, el malestar ya es completo. Toda esta riqueza se adquirió de una forma que ya no tiene futuro: no sólo ha muerto su estilo, sino también la manera misma de adquirirla. Deben de haber sido un peso para sus últimos propietarios y es bien imaginable que la sensación de disponer de todo ello pudiera volverlos casi locos. Pero ahora, en la entrada a estas colecciones se ha colgado un retrato de Lenin de la misma manera que unos paganos conversos habrían podido colocar una cruz en el lugar donde antes se ofrecían sacrificios a los dioses. El resto del día fue bastante desafortunado. Ya no quedaba tiempo para comer, eran cerca de las cuatro cuando salí del Kremlin. A pesar de ello, cuando fui a ver a Asja, todavía no había vuelto de la modista. Sólo estaban Reich y la siempre presente compañera de habitación de Asja. Pero Reich no podía esperar más, y poco después apareció Asja. Desgraciadamente, la conversación fue a parar luego al libro sobre el Barroco, y ella hizo los comentarios de siempre. Después le leí un poco de Calle de sentido único. Por la noche nos habían invitado a casa de Gorodinsky (¿?). Pero, al igual que en casa de Granovsky, también aquí nos perdimos la cena. Pues antes de salir vino Asja para cruzar algunas palabras más Reich, y cuando llegamos al lugar en cuestión, con una hora de retraso, sólo encontramos a la hija. Esa noche fue imposible hacer algo con Reich. Anduvimos vagando por un rato en busca de un restaurante en el que yo pudiera comer algo, pero primero caímos en un establecimiento sumamente primitivo, con tabiques de madera áspera, y al final terminamos entrando en una desagradable pivnaya cerca de la Lubianka, donde nos sirvieron una comida muy mala. Luego, media hora en casa de Illés (él no estaba pero su mujer nos contentó con un té excelente), y luego de regreso a casa. Me habría gustado ir al cine con Reich a ver la La sexta parte del mundo, pero se encontraba muy cansado.


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