Diario de Moscu

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En resumen, las formalidades de por sí difíciles en torno a mi partida fueron aún más insoportables a raíz de esta forma de proceder. A lo largo del día se tornó evidente que el consejo de Gnedin sobre la tramitación de mi equipaje a través de la aduana de Moscú era completamente absurdo. Más tarde, cuando pensaba en él y en todas las dificultades y complicaciones inimaginables en las que me había involucrado por su culpa, mi antigua máxima de los viajes se grabó aún más profundo en mi mente: nunca sigas los consejos de una persona que los ofrece sin que se los hayas pedido. El corolario de esta experiencia es, por supuesto: cuando uno deposita sus asuntos en las manos de otra persona (como lo había hecho yo), tiene que seguir estrictamente su consejo. Pero Basseches, no obstante, me dejó plantado en el último y crucial día de mi partida. El 1 de febrero, pocas horas antes de salir, tuve que realizar un esfuerzo desmesurado y, gracias a la ayuda de los sirvientes que enviaron para acompañarme, conseguí enviar mi valija. No pude lograr casi nada aquella mañana. Retiramos el pasaporte y la visa de salida en la milicia. Recordé demasiado tarde que era sábado y que, por lo tanto, era poco probable encontrar la aduana abierta después de la una de la tarde. Finalmente, llegamos al Narkomindel[164] después de las dos de la tarde, luego de haber paseado a pie y sin apuro por la Petrovka.


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