Discursos interrumpidos I

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SILENCIANDO PLANES

Pocas maneras de superstición están tan extendidas como la que retiene a las gentes de hablar entre sí de sus proyectos e intenciones más importantes. No sólo penetra este comportamiento todas las capas de la sociedad, sino que todo tipo de motivaciones humanas, desde las más triviales hasta las más soterradas, parece que participa de él. Claro que lo más inmediato se nos antoja tan vulgar y tan razonable que no pocos pensarán que no hay razón alguna para hablar de superstición. Nada resulta más comprensible que un hombre, al que le ha fallado algo, procure guardar para sí su fracaso y, para asegurarse esa posibilidad, calle acerca de sus propósitos. Pero esto es más bien la capa superficial de las razones de su determinación, el barniz trivial que disfraza las más profundas. Por debajo de ella está la segunda en forma de un saber sordo acerca de cómo la descarga motriz, la sucedánea satisfacción motriz de hablar debilita la capacidad de acción. Sólo escasas veces se ha tomado tan en serio como merece ese carácter destructivo de la palabra que hasta la experiencia más simple conoce. Si pensamos en que casi todos los planes decisivos están vinculados a un nombre, que incluso están atados a él, veremos claramente qué caro sale el placer de pronunciarlo. No cabe duda de que a esta segunda capa le sigue una tercera. Es la idea de que sobre la ignorancia de los otros, sobre todo de los amigos, subimos como por los escalones de un alto horno. Y para que ésta no sea suficiente, hay todavía una última capa, la más amarga, en cuya profundidad penetra Leopardi con las siguientes palabras: «La confesión del propio sufrimiento no provoca compasión, sino complacencia, y no sólo en los enemigos, sino en todos los hombres que se enteran de ello, despierta alegría y ninguna pena. Porque es una confirmación de que quien sufre vale menos y uno mismo más». ¿Cuántos hombres estarían en situación de darse crédito a sí mismos si su razón les susurrase este atisbo de Leopardi? ¿Cuántos, asqueados por conocimiento tan amargo, no lo escupirían? Aparece entonces la superstición, una concentración farmacéutica de los ingredientes más amargos, que nadie podría probar por separado. En los usos populares y en los proverbios el hombre prefiere obedecer a lo oscuro, a lo enigmático, y menos en cambio dejarse predicar en el lenguaje de la sana razón toda la dureza y todo el dolor de la vida.


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