Discursos interrumpidos I

Discursos interrumpidos I

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EN QUÉ RECONOCE UNO SU FUERZA

En las propias derrotas. Cuando hemos fracasado por debilidades nuestras, nos despreciamos y nos avergonzamos de ellas. Pero cuando somos fuertes, despreciamos nuestras derrotas y tenemos vergüenza de nuestra mala suerte. ¿Reconoceríamos nuestra fortaleza en la victoria y en la fortuna? ¿Quién no sabe que nada como precisamente ellas nos revelan nuestras debilidades más hondas? Quién no ha sentido, como un delicioso estremecimiento de debilidad, rondar sobre sí, tras una victoria en el combate o en el amor, la siguiente pregunta: ¿soy yo?, ¿me ocurre esto a mí, el más débil de todos? Otra cosa son las series de derrotas en las que aprendemos fintas para ponemos en pie y en las que, avergonzados, nos bañamos como en la sangre del dragón. Ya sea la fama, el alcohol, el dinero, el amor —allí donde uno se siente fuerte, no conoce ni honra, ni miedo a ponerse en ridículo, ni contención alguna—. Ningún chalán se comportará tan impertinentemente ante uno de sus clientes como Casanova ante la Charpillon. Tales hombres viven en su fortaleza. Terrible y peculiar modo de vivir desde luego, pero ese es el precio de toda fuerza. Existencia en un tanque. Si vivimos dentro, nos hacemos estúpidos e inaccesibles, caemos en todas las fosas, tropezamos con todos los obstáculos, hozamos en la inmundicia, deshonramos la tierra. Pero sólo cuando estamos bien embadurnados, resultamos imbatibles.


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