Discursos interrumpidos I

Discursos interrumpidos I

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Lo eruptivo, lo inmediato que, según esta concepción, da a la creación artística su impronta, domina para Fuchs en grado no menor la comprensión de las obras de arte. Con frecuencia no es más a su parecer que un salto entre apercepción y juicio. Para él la impresión no es de hecho el solo impulso que evidentemente sufre por parte de la obra quien la contempla, sino que es además una categoría de la contemplación misma. Cuando Fuchs, por ejemplo, da a conocer sus reservas críticas frente al formalismo artístico de la época Ming, las resume diciendo que sus obras «al fin y al cabo… no sólo no consiguen una impresión mayor, sino que muy a menudo ni siquiera alcanzan la misma que obtiene la época Tang con sus grandes líneas[63]». Y así es como el escritor Fuchs llega al estilo particular y apodíctico (por no decir rústico), cuyas características formula de manera magistral al explicar en su Historia del arte erótico: «Sólo hay un paso entre el verdadero sentir las fuerzas operantes en una obra artística y descifrarlas exhaustivamente[64]». Pero este estilo no es asequible para cualquiera; Fuchs tuvo que pagar por él su precio. Indiquemos dicho precio en una palabra: como escritor se le negó el don de provocar admiración. No cabe duda de que le resultó sensible semejante deficiencia. Procura compensarla de múltiples maneras, y de nada habla con más gusto que de los misterios que persigue en la psicología de la creación, de los enigmas del decurso histórico que encuentran solución en el materialismo. Pero el apremio por el inmediato dominio de los hechos, que determina su concepción de la creación y de la recepción, acaba por imponerse también en el análisis. El decurso de la historia del arte aparece como necesario; los caracteres estilísticos aparecen como orgánicos; y las hechuras artísticas, incluso las más extrañas, aparecen como lógicas. Claro que al hilo del análisis lo son menos de lo que, conforme a la impresión, lo eran ya antes, igual que aquellos seres fabulosos de la época Tang que con sus alas flameantes y sus cuernos resultan absolutamente lógicos, orgánicos. «Resultan lógicas incluso las enormes orejas de los elefantes; también es lógica siempre la actitud… Nunca se trata meramente de conceptos construidos, sino de ideas que han llegado a ser formas que respiran vida[65]».


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