Cartas de amor
Cartas de amor Luminoso derivado de la esencia del más bello de los seres visibles; inteligente reflejo del fuego esencial de la Naturaleza; imagen del Sol, la mejor labrada… No soy en absoluto tan brutal como para no reconocer como mi reina a la hija de aquél que mis padres conocieron como su dios. Atenas lloró su corona derribada bajo los templos abatidos por Apolo[7]; Roma dejó de mandar sobre la tierra cuando rehuyó la luz del incienso; y Bizancio puso entre hierros al género humano y de inmediato tomó por sus armas las de la hermana del Sol[8]. Mientras el persa[9] homenajeó este espíritu universal con el rayo que de él obtenía, ni cuatro mil años pudieron envejecer la juventud de su monarquía, y en lo tocante a verse adorado como ídolo, se salvó en Pekín de las ofensas de Babilonia[10]. Parece ahora calentar a disgusto otras tierras que no sean las de los chinos y temo que si pudiera abstenerse un solo día de regalarnos las cuatro estaciones, fijaría arriba su hemisferio[11]. No obstante, señora, Francia tiene en vuestro rostro unas manos que no le van a la zaga en fuerza a aquellas de las que se sirvió Josué para sujetarlo[12]; vuestros triunfos, así como las victorias de este héroe, resultan demasiado ilustres para ser ocultados por la noche; más bien faltará en su promesa al hombre, pues se situará siempre en el lugar desde donde pueda contemplar a gusto la obra de sus obras: la más perfecta. Ved cómo por su amor calentó de tal modo el pasado verano los signos de un ardor tan prolongado y vehemente, que pensó en quemar la mitad de sus casas[13]; y jamás podremos ya distinguir el invierno del otoño por su benignidad sin consultar el almanaque, porque, impaciente de volver a veros, no podrá decidirse a continuar su viaje hasta el Trópico. No penséis en modo alguno que este discurso pueda tratarse de una hipérbole. Si antaño la belleza de Clímene[14] le hizo descender del cielo, vuestra belleza es de tanta consideración como para que se desvíe un poco de su camino: el equivalente de vuestras edades, la conformidad de vuestros cuerpos, la posible semejanza de vuestros humores, pueden volver a avivar bien en él este bello fuego.
