La fábula de las abejas
La fábula de las abejas Estamos justamente impresionados por la bondad del Todopoderoso que nos ha preservado de la peste[471], que ha visitado nuestra nación vecina, gran merced por la cual Su Majestad se dignó graciosamente mandar que, por orden suya, se dieran gracias al Cielo; pero qué provocación es para el Todopoderoso, que las mercedes y larguezas otorgadas a esta nación, y nuestra acción de gracias mandada hacer públicamente, vengan acompañadas de tan flagrantes impiedades.
Nada conocemos que pueda ser de mayor servicio para Su Majestad y para la Sucesión Protestante (que está felizmente establecida entre nosotros para la defensa de la Religión Cristiana) que la supresión de la blasfemia y la profanación, las cuales tienen una tendencia directa a trastornar los cimientos mismos en que se asienta el Gobierno de Su Majestad.
Tan incansables se han mostrado estos fanáticos de la infidelidad en sus diabólicos intentos contra la religión, que han:
Primero, blasfemado y negado abiertamente la doctrina de la siempre Santísima Trinidad[472], intentando, con especiosos pretextos, revivir la herejía arriana, que jamás se introdujo en nación alguna, sino que fue perseguida por la venganza del Cielo.
Segundo, afirmado un destino absoluto y negado la Providencia y el gobierno del Todopoderoso sobre el mundo.