La fábula de las abejas
La fábula de las abejas Es noticia bienvenida para todos los súbditos leales al Rey y verdaderos amigos del gobierno establecido y de la sucesión en la Ilustre Casa de Hanover, el que Su Señoría, según se dice, ha ideado un medio efectivo para librarnos de los peligros que parecen amenazar al feliz gobierno de Su Majestad por obra del Catilina, conocido bajo el nombre de Cato[476]; por el autor de un libro titulado LA FÁBULA DE LAS ABEJAS, etc., y por otros de su cofradía, quienes resultan sin duda útiles amigos del Pretendiente[477], y diligentes en favor suyo, al trabajar para subvertir y arruinar nuestro orden constituido, bajo el especioso pretexto de defenderlo. La sabia decisión de Su Señoría, de suprimir totalmente escritos tan impíos, y las instrucciones ya impartidas de denunciarlos inmediatamente a través de algunos Grandes Jurados, convencerán efectivamente a la Nación de que aquí no se soportará ni tolerará ningún atentado contra la Cristiandad. Y esta convicción, a su vez, librará inmediatamente a las mentes de los hombres de la intranquilidad que el flagelo de esta ralea de escritores se esfuerza por suscitar en ellas; por lo tanto, constituirá un firme baluarte de la Religión Protestante; derrotará eficientemente los proyectos y esperanzas del Pretendiente, y nos pondrá al seguro de cualquier cambio en el Gabinete de Ministros. Y ningún britano leal dejaría de preocuparse si el pueblo imaginara la menor negligencia de parte de cualquier persona que forme parte del Gabinete, o empezara a recelar que pueda hacerse algo que no se esté haciendo para defender su religión de la mínima sombra de peligro que la aceche. Y tal recelo, My Lord, podría haber surgido si no se hubiesen tomado medidas para desalentar y aplastar a los que abiertamente abogan por la irreligión. No es fácil extirpar el recelo del cerebro, una vez aposentado en él. ¡Recelo, My Lord! Es un demonio tan furioso como cualquiera. Yo he visto a una mujercita flaca y débil tan vigorizada por el recelo, que cinco granaderos no podían con ella. Siga Su Señoría adelante con sus métodos para proteger al pueblo de este maldito recelo, porque el de la religión es el tipo más violento, flagrante y frenético de todos, y consecuentemente, el que produjo en los reinados anteriores los distintos males que Su Señoría se empeña ahora lealmente en combatir, con la debida consideración hacia la autoridad real y según el ejemplo de Su Majestad, quien graciosamente ha impartido DIRECTRICES (bien conocidas por Su Señoría) para preservar la unidad de la Iglesia y la pureza de la Fe Cristiana. Es vano pensar que el pueblo de Inglaterra pueda alguna vez abandonar su Religión, o que se apegue a cualquier doctrina que no la apoye, como ha hecho la sabiduría de este Ministerio, contra los audaces ataques que le lanzan los escritorzuelos; pues escritorzuelo, como sabe Su Señoría, es el justo calificativo de todo autor que, aunque ofrezca una plausible apariencia de sentido común, trate de socavar la religión y, con ello, el contento y la calma, la paz y la felicidad de sus compatriotas, mediante argumentos e insinuaciones arteros y falaces. ¡El Cielo nos libre de las insoportables aflicciones que la Iglesia de Roma nos traería! La tiranía es la ruina de toda sociedad humana y no hay tiranía más pesada que la de la Triple Corona. Y por eso este pueblo libre y feliz abriga con justicia sumo aborrecimiento y pavor frente al papismo y a todo lo que le parece que alienta e induce a él; pero también aborrece y teme la violencia que infligen a la Cristiandad misma nuestros Catilinas británicos, que disfrazan sus traicioneros designios contra ella tras los colores de la consideración y la buena voluntad hacia nuestra bendita Religión Protestante, mientras demuestran, con demasiada evidencia demuestran, que el título de protestantes no les corresponde, a menos que pudiera corresponder a quienes, en realidad, son protestadores contra toda religión.