La fábula de las abejas
La fábula de las abejas Lamento que las palabras «vicios privados, beneficios públicos» puedan llegar a ofender a alguna persona bienintencionada. Su misterio se descubre apenas se las comprenda rectamente; pero ningún hombre podrá cuestionar con sinceridad su inocencia, si ha leído el último párrafo, en el que me despido del lector, y «concluyo repitiendo la aparente paradoja cuyo meollo he adelantado en la portada: los vicios privados, manejados diestramente por un hábil político, pueden trocarse en beneficios públicos»[500] Tales son las últimas palabras del libro, impresas en caracteres del mismo tamaño que el resto. Pero dejo de lado todo lo que he dicho en la reivindicación, y si en alguna parte del libro titulado LA FÁBULA DE LAS ABEJAS, y que ha sido denunciado por el Gran Jurado de Middlesex a los jueces del Tribunal del Rey, se encontrara el mínimo trozo de blasfemia o profanación, o de cualquier otra causa que tienda a la inmoralidad o la corrupción de las costumbres, deseo que se publique; y si ello se hace sin invectivas ni opiniones personales, o lanzando al populacho en mi contra, cosas a las que no responderé nunca, no solamente lo reconoceré, sino que también pediré perdón al ofendido público de la manera más solemne, y aún, si se pensara que es tarea demasiado vil para el verdugo, quemaré el libro yo mismo, en cualquier tiempo y lugar razonables que mis adversarios se dignen indicar.
El autor de LA FÁBULA DE LAS ABEJAS