La fábula de las abejas

(RESUMEN)

La fábula de las abejas

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La primera edición de LA FÁBULA DE LAS ABEJAS, que apareció en 1714, nunca fue vituperada ni se dio pública noticia de ella; y el único motivo que veo para que a esta segunda edición se la trate tan despiadadamente, pese a contener muchas advertencias que faltaban en la primera, es un ensayo sobre la caridad y las Escuelas de Caridad que se añadió a lo previamente impreso. Confieso ser mi opinión que todo el trabajo duro y sucio que es necesario en una nación bien gobernada es el sino de los pobres y la parte que les toca, y que apartar a sus hijos del trabajo provechoso hasta que tienen catorce o quince años es una manera errónea de cualificarles para él cuando hayan crecido. He aducido varias razones para abonar mi opinión en ese ensayo, a las cuales remito a todos los hombres imparciales y de sentido común, asegurándoles que en él no se encontrarán con tanta impiedad como se dice. En qué medida he abogado por el libertinaje y la inmoralidad, y cuán enemigo soy de toda la instrucción de la juventud en la Fe Cristiana, es algo que puede deducirse del trabajo que me he tomado con la educación, dedicándole más de siete páginas; y también más adelante, en la página 204, al referirme a la instrucción que los hyos de los pobres pueden recibir en la iglesia, «de donde yo no quisiera», digo allí, «que estuviera ausente los domingos ni el más humilde de la parroquia capaz de andar», y añado: «El Sabbath es el más útil de los siete días de la semana, señalado para el servicio divino y el ejercicio de la religión, así como para el descanso de las fatigas corporales, y prestar atención especial a este día es un deber que incumbe a todos los magistrados. A los pobres, especialmente, y a sus hijos, se les debería obligar a asistir a la iglesia ese día, tanto por la mañana como por la tarde, pues no tienen tiempo en ningún otro. Por precepto y ejemplo se les debería animar a hacerlo desde la infancia; la negligencia deliberada en esto debería considerarse escandalosa; y si la obligación categórica que recomiendo pareciera excesivamente dura y quizá impracticable, seria conveniente, por lo menos, prohibir rigurosamente toda clase de diversiones, para que el pobre se viera impedido de acudir a cualquier otro entretenimiento que pudiera atraerle o arrastrarle lejos de aquélla.» Si los argumentos que empleo no resultaren convincentes, desearía que se los refutara, y agradeceré como un favor a cualquiera que me convenza de mi error sin valerse de un lenguaje insultante, indicándome dónde me he equivocado. Pero parece que la calumnia es el camino más corto para confundir a un adversario, cuando se ha sido tocado en una parte sensible. Cuantiosas sumas se recolectan para estas Escuelas de Caridad y entiendo demasiado bien a la naturaleza humana para imaginar que los contribuyentes puedan tolerar pacientemente que se hable contra ellas. Así, pues, previ el trato que iba a recibir, y tras haber repetido la cantinela habitual acerca de las Escuelas de Caridad, decía a mis lectores en la página 176: «Éste es él clamor general y el que diga la menor palabra en contra es no solamente un impío, duro de corazón e inhumano, sino un miserable malvado, profano y ateo.» Por este motivo, no puede pensarse que fuera gran sorpresa para mí el verme llamar, en esa extraordinaria carta a Lord C., «autor libertino», y a la publicación de mis credos, una «propuesta abiertamente confesada de extirpar la Fe Cristiana y toda virtud», la cual«resulta en tal medida asombrosa, desconcertante y terrible, enormidad tan flagrante», que clama al cielo por venganza. Esto no es más de lo que siempre he esperado de los enemigos de la verdad y del trato honrado y nada replicaré al airado autor de esa carta que tanto se empeña por exponerme a la furia pública. Siento lástima por él y tengo caridad suficiente como para creer que se ha embaucado a sí mismo confiando en los rumores y dichos ajenos; porque nadie que esté en sus cabales puede pensar que habiendo leído la cuarta parte de mi libro sea posible escribir como él lo hace[499].

Este documento es un resumen redactado con fines exclusivamente educativos e informativos. Su contenido ha sido elaborado con palabras propias del autor del resumen y no contiene reproducciones textuales de la obra original. La obra original, titulada 'La fábula de las abejas', es de autoría de Bernard Mandeville y todos sus derechos pertenecen a dicho autor y a sus titulares legales. Esta publicación no busca reemplazar la lectura de la obra original ni afecta su explotación comercial. No se reclaman derechos sobre el contenido original ni se pretende apropiación alguna. Se recomienda encarecidamente la lectura íntegra de la obra original para una experiencia completa. Puedes adquirirla legalmente en Amazon..

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