La fábula de las abejas
La fábula de las abejas CLEÓMENES Confieso que esto parece una paradoja, pero es completamente cierto. La doctrina de los buenos modales enseña a los hombres a hablar bien de todas las virtudes, pero no exige de ellos en ninguna época o país más que la externa apariencia de las que entonces estén de moda. En cuanto a los asuntos sagrados, se satisfacen en todas partes con una aparente conformidad con el culto externo, pues todas las religiones del universo concuerdan igualmente con los buenos modales cuando son nacionales. Y dime, ¿qué opinión deberemos atribuir a un maestro para el cual sean semejantes todas las opiniones? Todos los preceptos de los buenos modales tienen en todo el mundo la misma tendencia y no son sino los diferentes métodos existentes para hacemos aceptables a los demás con el menor perjuicio posible para nosotros. Mediante este artificio nos ayudamos mutuamente en los goces de la vida y en el refinamiento de los placeres, de suerte que cada uno llega a ser en el disfrute de las cosas que están a su alcance más feliz de lo que hubiera podido ser jamás sin tal conducta. Digo feliz en el sentido del voluptuoso. Consideremos la antigua Grecia, el Imperio Romano o las grandes naciones orientales que florecieron antes de ellos y veremos que el lujo y la cortesía crecieron juntos y nunca fueron gozados separadamente, que la comodidad y el deleite terrenales se han valido siempre de los deseos del Beau Monde, y que, como su principal esfuerzo y mayor preocupación por las apariencias externas ha sido siempre la obtención de la felicidad en este mundo, parece que la preocupación por la vida futura ha sido en todo momento el negocio menos importante.