La fábula de las abejas
La fábula de las abejas CLEÓMENES En una educación mediana se nos instruye tan diligente y asiduamente desde la más tierna infancia en las ceremonias del saludo y en otras reglas de conducta, que aun antes de llegar a hombres es difícil que pensemos que un proceder urbano es algo adquirido o que conversar sea una ciencia. Hay miles de cosas llamadas fáciles y naturales en los gestos y movimientos, así como en la conversación y la escritura, cuya adquisición ha causado a los demás y a nosotros mismos infinitos dolores y que sabemos son productos del arte. ¡Qué torpes figuras he visto convertidas por el maestro de baile en gráciles personajes!
HORACIO Ayer por la mañana, al pensar en una frase tuya a la cual no había prestado mucha atención mientras la oía, la recordé repentinamente y me hizo sonreír. Hablando de los rudimentos de los buenos modales en una nación joven, cuando sus habitantes aprenden a encubrir su orgullo, dijiste que se realizarían diariamente nuevos adelantos hasta que algunos hombres lleguen a ser lo bastante impúdicos no sólo para negar dicha estima de sí mismos, sino inclusive para sostener que aprecian todavía más al prójimo[2].
CLEÓMENES Es seguro que eso ha debido de ser en todas partes el elemento precursor de la lisonja.
HORACIO Al hablar de la lisonja y de la impudicia, ¿qué piensas del primer hombre que ha tenido el valor de decir a un igual suyo que era su humilde servidor?