El Clan de los Parricidas y otras historias macabras
El Clan de los Parricidas y otras historias macabras —Señores —dijo el juez—, éstas son todas las pruebas que tenemos. Ya saben su cometido; si no tienen nada que preguntar, pueden salir a deliberar.
El presidente del jurado, un hombre de unos sesenta años, alto, con barba y toscamente vestido, se levantó y dijo:
—Quisiera hacer una pregunta, señor. ¿De qué manicomio se ha escapado este último testigo?
—Señor Harker —dijo el juez con tono grave y tranquilo—; ¿de qué manicomio se ha escapado usted?
Harker enrojeció de nuevo, pero no contestó, y los siete individuos se levantaron y abandonaron solemnemente la cabaña uno tras otro.
—Si ha terminado ya de insultarme, señor —dijo Harker tan pronto como se quedó a solas con el juez—, supongo que puedo marcharme, ¿no es as�
—En efecto.
Harker avanzó hacia la puerta y se detuvo con la mano en el picaporte. Su sentido profesional era más fuerte que su amor propio. Se volvió y dijo:
—Ese libro que tiene ahà es el diario de Morgan, ¿verdad? Debe de ser muy interesante, porque mientras prestaba mi testimonio no dejaba de leerlo. ¿Puedo verlo? Al público le gustarÃa…