El Clan de los Parricidas y otras historias macabras
El Clan de los Parricidas y otras historias macabras »Creía que se trataba de una pesadilla e intenté gritar, como se hace cuando uno tiene un mal sueño, pero no podía emitir sonido alguno. Por fin, haciendo un esfuerzo desesperado, me puse en pie, pasé entre las dos filas de rostros tapados y los dos cuerpos que había junto a la puerta y huí de aquel lugar infernal con dirección a la oficina. El portero estaba allí sentado, detrás de un escritorio, a la luz de otra vela de sebo: sentado y mirando. Ni se levantó: mi brusca irrupción no pareció producirle efecto alguno, aunque supongo que yo debía tener el aspecto de un verdadero cadáver. Entonces me di cuenta de que realmente antes no me había fijado bien en aquel tipo. Era pequeño, con una cara descolorida y los ojos más blancos e inexpresivos que nunca he visto. No había en él más expresión que en el dorso de mi mano. Llevaba un traje de un sucio color gris.
»—¡Maldición! —exclamé— ¿Qué es lo que pretende?
»Pero daba lo mismo, estaba temblando como una hoja agitada por el viento y no reconocí mi propia voz.
»El portero se puso en pie, se inclinó (con aire de pedir perdón) y, bueno… desapareció; en aquel momento sentí por detrás que alguien apoyaba su mano sobre mi hombro. ¡Imagínatelo si puedes! Con un miedo cerval, di media vuelta y me encontré con un caballero gordo, de cara agradable, que me preguntó: