El Clan de los Parricidas y otras historias macabras
El Clan de los Parricidas y otras historias macabras —¿Te importarÃa mucho, Katy, si me fuera a California por unas semanas?
Era innecesario que Katy contestara con los labios a una pregunta para la que sus delatoras mejillas habÃan dado ya una respuesta inmediata. Evidentemente le importaba y las lágrimas que brotaron de sus grandes ojos marrones asà lo indicaban.
—Hijo mÃo —dijo mirándole con infinita ternura—, deberÃa haber adivinado que esto ocurrirÃa. Anoche me pasé horas y horas en vela, llorando, porque el abuelo se me apareció en sueños y, en pie, tan joven y guapo como en su retrato, señaló al tuyo en la misma pared. Cuando lo miré, no pude ver tus facciones: tu cara estaba cubierta con un paño como el que se pone a los muertos. Tu padre, cuando se lo he contado, se ha reÃdo de mÃ; pero, querido, tú y yo sabemos que tales sueños no ocurren porque sÃ. Se veÃan, por debajo del paño, las marcas de unos dedos sobre tu garganta. Perdona, pero no estamos acostumbrados a ocultarnos tales cosas. A lo mejor tú le das otra interpretación. Quizá significa que no debes ir a California. O tal vez que debes llevarme contigo.