El Clan de los Parricidas y otras historias macabras
El Clan de los Parricidas y otras historias macabras Esto era lo que pasaba: el rastro del joven terminaba de repente, y más adelante todo era nieve lisa, sin hollar. Las últimas huellas se distinguían con tanta claridad como las del resto de la estela; hasta las señales de los clavos eran apreciables. Mr. Ashmore miró hacia arriba, colocando su sombrero entre los ojos y la linterna. Las estrellas brillaban; no había ni una nube en el cielo. La explicación que se había dado a sí mismo, por muy dudosa que hubiera sido (una nueva nevada con un límite tan claramente definido), cayó por su propio peso. Describiendo un amplio círculo alrededor de las últimas huellas, con el fin de dejarlas como estaban para un posterior examen, el hombre prosiguió su camino hasta la fuente, con la joven detrás, desfallecida y asustada. Ninguno había dicho una palabra acerca de lo que ambos habían visto. La fuente aparecía cubierta por un hielo de horas.
De regreso a la casa advirtieron que había nieve a ambos lados del camino y en todo su recorrido. No había ninguna huella en él.
La luz del día no evidenció nada más. Lisa, sin huellas, intacta, la fina capa de nieve lo cubría todo.