El Clan de los Parricidas y otras historias macabras
El Clan de los Parricidas y otras historias macabras —Mr. Manrich —dijo—, voy en su misma dirección.
—¡Menudo diablo! —pensé—. ¿Cómo sabe usted en qué dirección voy?
—Estaré encantado de que me acompañe —contesté.
Salimos juntos del edificio. No habÃa ningún coche a la vista, los tranvÃas se habÃan ido a acostar, habÃa luna llena y el aire fresco de la noche resultaba delicioso. Subimos caminando por la calle California. Naturalmente, tomé esa dirección creyendo que él tomarÃa otra, hacia uno de los hoteles.
—Usted no cree lo que se dice de los malabaristas hindúes —dijo sin más preámbulo.
—¿Y usted cómo lo sabe? —pregunté.
Sin contestar a mi pregunta, apoyó una mano ligeramente sobre mi brazo mientras con la otra me señalaba los adoquines de la acera por la que caminábamos. En ella, y casi a nuestros pies, ¡yacÃa el cuerpo muerto de un hombre, con una cara muy pálida por la luz de la luna, vuelta hacia arriba! TenÃa una espada, en cuya empuñadura relucÃan piedras preciosas, clavada en el pecho; sobre los adoquines de la acera se habÃa formado un charco de sangre.