El Clan de los Parricidas y otras historias macabras
El Clan de los Parricidas y otras historias macabras Cuando recobré mis aturdidas facultades observé que el cuerpo vestía traje de etiqueta. El abrigo, completamente abierto, dejaba ver el frac, la corbata blanca, la amplia pechera penetrada por la espada. Y (¡horrible revelación!) la cara, exceptuando la palidez, ¡era la de mi acompañante! Hasta el más diminuto detalle y característica coincidía con el mismísimo Dr. Dorrimore. Perplejo y horrorizado, me di la vuelta para buscar al hombre vivo. No se le veía por ningún sitio; con gran espanto, me alejé de aquel lugar calle abajo, en la misma dirección por la que había venido. Apenas había dado unos cuantos pasos cuando sentí que me agarraban por el hombro; me detuve. Por poco no grité de terror: el muerto, con la espada todavía clavada en el pecho, estaba allí, ¡a mi lado! Después de sacarse el arma con la mano libre, la arrojó lejos: la luz de la luna centelleó sobre las gemas de la empuñadura y el inmaculado acero de la hoja. Al estrellarse sobre la acera, ¡la espada desapareció! Aquel individuo, con la tez tan morena como antes, retiró la mano de mi hombro y me miró con la misma mirada cínica que yo había observado la primera vez que le vi. Los muertos no tienen esa mirada; eso me reanimó y, al volver la vista hacia atrás, contemplé la amplitud lisa y blanca de la acera, vacía de calle a calle.