El Clan de los Parricidas y otras historias macabras
El Clan de los Parricidas y otras historias macabras —Hace cinco años tuve aquí a uno, en el rancho, y te voy a hablar de él para que comprendas lo esencial de este asunto. En aquella época las cosas no me iban muy bien; bebía más whisky del que tenía prescrito y no parecía preocuparme, como patriota, de mis obligaciones de ciudadano americano. Así que contraté a aquel pagano para que fuera algo así como el cocinero. Pero cuando me convertí en religioso practicante en Mexican Hill y me hablaron de presentarme como candidato a la Asamblea Legislativa, me di cuenta de mi error. Pero ¿qué podía hacer? Si le despedía, algún otro le contrataría, y no iba a tratarle bien. ¿Qué podía hacer yo? ¿Qué haría cualquier buen cristiano, especialmente un neófito rebosante de ideas tales como la hermandad entre los hombres y la paternidad de Dios?
Jo. hizo una pausa antes de contestar, poniendo una expresión de frágil satisfacción, como la de alguien que ha resuelto un problema usando un método no muy digno de confianza. Entonces se levantó, bebió un vaso de whisky de una botella llena que había en el mostrador y prosiguió su relato.
Además no servía de mucho, no sabía nada y encima presumía. Todos lo hacen. Le dije que nones, pero se puso testarudo y siguió en esa línea mientras duró; después de poner la otra mejilla setenta y siete veces truqué los dados para que no fuera eterno. Y me alegra haber tenido el valor de hacerlo.