El Clan de los Parricidas y otras historias macabras

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El claro que había entre los árboles no abarcaba más de treinta pasos. A un lado había un pequeño otero, un montículo natural sin arbustos, aunque cubierto de plantas silvestres, sobre las que sobresalía ¡la lápida de una tumba!

No recuerdo haber sentido por aquel descubrimiento nada parecido a sorpresa. Observé aquella tumba solitaria con una sensación semejante a la que Colón debió de experimentar cuando vio las colinas y promontorios del Nuevo Mundo. Antes de acercarme a ella acabé de examinar con calma los alrededores. Incluso fui culpable de la presunción de dar cuerda al reloj en aquella hora tan insólita, sin tomar precauciones ni decisiones innecesarias. Después, me aproximé al misterio.

La tumba, bastante pequeña, se encontraba en mejor estado del que cabría esperar por su edad y aislamiento, y hubo un pequeño gesto de sorpresa en mis ojos cuando descubrieron un manojo de inconfundibles flores cultivadas que daban prueba de haber sido regadas recientemente. Sin lugar a dudas la lápida había servido alguna vez como escalón. Sobre ella aparecía grabada, o mejor dicho excavada, una inscripción que decía lo siguiente:

AH WEE — CHINO

Edad desconocida. Trabajó para Jo. Dunfer

Este monumento fue erigido por él

para mantener fresca la memoria del chino.


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