El Clan de los Parricidas y otras historias macabras
El Clan de los Parricidas y otras historias macabras —¿Qué hizo con el viejo Whisky?
Mi respuesta natural habría sido que me lo había bebido, pero había algo en la pregunta que me sugirió un significado oculto, y algo en el hombre que no invitaba a hacer un chiste fácil. Por eso, al no tener ninguna otra respuesta preparada, simplemente contuve la lengua, aunque sentí como si se me estuviera acusando de algo y mi silencio se interpretara como una confesión.
En ese momento una sombra fría me cubrió la mejilla, lo que me obligó a levantar la vista. ¡Estábamos entrando en el barranco! No sé cómo expresar la sensación que me produjo: no había estado allí desde que me abrió su pecho cuatro años antes, y ahora me sentía como alguien a quien un amigo afligido ha confesado un delito acaecido hace tiempo, y al que, por consiguiente, se ha abandonado vilmente. Los viejos recuerdos de Jo. Dunfer, su revelación incompleta y la insuficiente nota aclaratoria en la lápida, volvieron sobre mí con una claridad meridiana. Me pregunté qué habría sido de Jo. Me di la vuelta rápidamente y pregunté a mi prisionero. Estaba vigilando sus bueyes con atención y, sin apartar la vista de ellos, contestó:
—¡Arre, vieja tortuga! Yace al lado de Ah Wee, ahí adelante, en el barranco. ¿Quieres verlo? Siempre vuelven al lugar; te estaba esperando. ¡Sooo!