El Clan de los Parricidas y otras historias macabras
El Clan de los Parricidas y otras historias macabras Era más o menos la misma estación del año, y casi la misma hora del día, que cuando lo visité por última vez. Los arrendajos vociferaban con fuerza y los árboles susurraban misteriosamente, como la otra vez. Por alguna razón, en los dos sonidos observé una fantástica analogía con la abierta jactancia de la verborrea de Mr. Jo. Dunfer y la secreta reticencia de sus modales, y con la indistinta severidad y ternura de su única producción literaria: el epitafio. Todo parecía seguir igual en el valle, salvo la cañada, que estaba prácticamente cubierta de maleza. Sin embargo, cuando llegamos al «claro» la alteración era mayor. Entre los tocones y troncos de los pequeños árboles caídos, aquellos que habían sido cortados «al estilo chino» no se distinguían ya de los que lo habían sido «al modo Mejicano». Era como si el barbarismo del Viejo Mundo y la civilización del Nuevo hubieran reconciliado sus diferencias por medio del arbitrio de un deterioro imparcial, como ocurre entre los pueblos civilizados. El otero seguía allí, pero los peñascos tudescos habían invadido y casi arrasado las lacias hierbas. Y la patricia violeta de jardín había capitulado ante su hermano plebeyo (tal vez había retornado a su forma original). Otra tumba, un túmulo grande y vigoroso, había sido construida junto a la primera, que parecía encogerse ante la comparación. A la sombra de una nueva lápida, la vieja yacía postrada, con su maravillosa inscripción ilegible por la acumulación de hojas y tierra. En cuanto al mérito literario, la nueva era inferior a la antigua, resultando incluso repulsiva por su humor lacónico y salvaje: