El Martí que yo conocí

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NUESTRA CASA

Nuestra casa fue, durante varios años, un punto de reunión para los cubanos...

Ocupábamos un edificio mayor de lo que requería nuestra familia, porque, como presidente de la Sociedad para la Cultura Harmónica, mi marido necesitaba una casa con amplios salones para las sesiones quincenales de esa agrupación.

Se daban allí, además, clases de idiomas, literatura y arte.

Las reuniones de la Sociedad congregaban a mucha gente, en su mayoría norteamericanos, pero buen número de cubanos asistían a sus veladas, en las cuales tomaban parte, además del elemento del país, los artistas e intelectuales de habla española que pasaban por Nueva York.

Uno de los más asiduos era el gran maestro de canto Emilio Agramonte, profesor y pianista acompañante de primer orden. Sobre él y sus discípulos de talento hay mucho que hablar.

Gonzalo Núñez, pianista concertista de Puerto Rico, y Miguel Castellanos, también excelente pianista, se dejaban oír a menudo en la Sociedad.

Ignacio Cervantes y Rafael Díaz Albertini, eximios virtuosi cubanos, honraron nuestros salones, así como el glorioso violinista José White y su émulo Brindis de Salas.


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