El Martí que yo conocí
El Martí que yo conocí Su celda de trabajo fue, durante mucho tiempo, su cuarto en casa de Mantilla; pero la acumulación de libros y de papeles le obligó a buscar un lugar mayor donde depositarlos. Encontró una oficina, donde estaba el consulado del Uruguay, en un viejo edificio de ladrillo ennegrecido por el humo, en un barrio de la baja ciudad, cerca de los muelles, de las imprentas, del movimiento mercantil, en el número 120 de Front Street.
Para llegar a ese palomar, había que subir cuatro pisos por una estrecha escalera de hierro. Los pasillos eran oscuros, pero arriba la estancia era clara y en días de sol inundada de luz. Dos ventanas daban a la calle, aunque bastante lejos de ella para amortiguar el bullicio urbano.
Las paredes cubiertas de estantería sencilla, repleta de libros, una mesa, algunas sillas, el retrato que hizo de Martí el pintor Norrman, colgado sobre el escritorio, apuntes de Estrázulas y de Edelmann, y unas palmas de Héctor de Saavedra. Sobre uno de los estantes, su grillete del presidio.
En el último lustro de su vida, casi todo lo que produjo el Maestro se escribió allí.
La oficina de Front Street fue la sede, los consulados que desempeñó en sus años de bonanza. Despachaba buques para Sud América entre dos artículos para La Nación o La Opinión Pública.
