El Martí que yo conocí
El Martí que yo conocí Después de un verano en París (1894), nos trasladamos de la calle 55 aI número 135 oeste calle 64. A dos puertas de nuestra casa vivían el doctor Ramón L. Miranda, su esposa Luciana Govín, su sobrino Luis Rodolfo Miranda y el joven matrimonio Angelina Miranda y Gonzalo de Quesada.
Martí no tuvo amigos más consecuentes y probados que aquella familia.
Hacia tiempo que Gonzalo se había incorporado al movimiento revolucionario, auxiliando al Maestro, tratando de ser sus manos y sus pies, hasta lograr el título de discípulo que todos reconocían. Martí confirmó ese derecho nombrándolo albacea de su testamento literario, obligación que cumplió fielmente. Todos le debemos nuestra gratitud, porque si no es por la devoción de Quesada sabía Dios cuántas obras de incalculable valor se habrían perdido.
Gonzalo recogió los papeles en el santuario de Front Street, los que le entregó Carmita Mantilla, los que pudo conseguir de fuentes privadas; ordenó, clasificó, dió forma a todo aquello y publicó la primera edición de las obras martianas.
Fue su hombre de confianza en muchas empresas difíciles. Como secretario del Partido Revolucionario prestó muy buenos servicios a la causa cubana y alivió en muchas ocasiones la pesada carga que oprimía los hombros del Apóstol.
