El Martí que yo conocí
El Martí que yo conocí Un templo de arte y una escuela de entusiasmo era la academia donde Emilio Agramonte formaba artistas, algunos de los cuales alcanzaron mucho renombre.
Ese camagüeyano, de pura estirpe revolucionaria, era uno de los músicos mejor dotados que dar se puede. Leía con tanta facilidad que podía descifrar simultáneamente los dieciséis pentagramas de una partitura y dirigir, a primera vista, orquesta, coro y solistas —capacidad dada a muy pocos directores.
Tenía una sensibilidad artística que le permitía interpretar con igual corrección las obras clásicas y las modernísimas, el canto gregoriano y los oratorios, las óperas italianas y los dramas musicales wagnerianos.
Tenía el genio de la interpretación: tanto que muchos artistas célebres lo llamaban para ensayar y preparar su repertorio.
Como acompañante no tenía rival. Que fuera excelente pianista era lo de menos: lo notable era su talento para identificarse con el solista, ayudarlo, adivinarlo. Eso lo sé por experiencia propia, porque muchísimas veces me ha acompañado cuando cantaba yo en conciertos, y con Agramonte al piano, el solista se sentía sostenido, seguro y dispuesto a superarse.
Se recibió de abogado; pero había dejado las leyes por la música, yendo a París para estudiar con Delle Sedie y Delsarte.
