La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros
La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros Un amor asà fue el que me impulsó a sacrificar mi dicha para asegurar la de aquella santa hermana que habÃa sido una madre para mÃ. Casi niño, partà para Hamburgo, donde luché con el ardor de quien trata de ayudar a sus seres queridos. Mi primer placer efectivo fue el de ver casada a mi hermana con el hombre a quien por mà habÃa sacrificado, y ayudarles. Tan desinteresado era mi cariño hacia ellos, y, luego, hacia sus hijos, que jamás quise constituirme por mi parte un hogar nuevo, pues el hogar de mi hermana, compuesto pronto de once personas, era mi iglesia única y el objeto de mis idolatrÃas. Por dos veces, en nueve años, crucé el mar con el solo fin de estrechar contra mi corazón a seres tan caros a mi amor, tornando en seguida al extremo Oriente a seguir trabajando para ellos.
Desde el Japón mantuve siempre correspondencia con mi familia, hasta que un dÃa la correspondencia quedó cortada por ésta, sin que pudiese yo adivinar la causa. Durante todo un año estuve sin noticia alguna, esperando en vano dÃa tras dÃa y temiéndome alguna desgracia. Cuantos esfuerzos hice por saber de ella fueron inútiles.
—Mi buen amigo —me dijo un dÃa mi único confidente Tamoora—, ¿por qué no buscáis el remedio a vuestras ansiedades consultando a un santo yamabooshi?