La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros
La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros En efecto, tan pronto como tomé en mis manos el espejo, abrumado por la angustia de mi absurda posición, noté como paralizados mis brazos y hasta mi mente, con aquel temor quizá con que tantos otros sienten en su frente el invisible aletazo de la intrusa. ¿Qué era aquella sensación tan nueva y tan contraria a mi eterno escepticismo, aquel hielo que paralizaba de horror todos mis nervios y aun la conciencia y la razón en mi propio cerebro? Cual si una serpiente venenosa me hubiese mordido el corazón, dejé caer el… —¡me avergüenzo de usar el adjetivo!— el espejo mágico, sin atreverme a recogerlo del sofá sobre el que me había reclinado. Se entabló un momento en mi ser una lucha terrible entre mi indomable orgullo, mi ingénito escepticismo y el ansia inexplicable que me impulsaba, a pesar mío, a sumergir mi mirada en el fondo del espejo… Vencí mi debilidad un instante, y mis ojos pudieron leer en un librito abierto al azar sobre el sofá esta extraña sentencia: «El velo de lo futuro lo descorre a veces la mano de la misericordia». Entonces, como quien reta al destino, recogí el fatídico y brillante disco metálico y me dispuse a mirar en él. El anciano cambió breves palabras con mi amigo el bonzo, y éste, acallando mis constantes suspicacias, me dijo: