La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros

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Súbito, experimenté una necesidad invencible como de marchar hacia adelante, lanzado, disparado como un proyectil, fuera de mi sitio, iba a decir, necio, ¡fuera de mi cuerpo! Al par que mis otros sentidos se paralizaban, mis ojos, a lo que creí, adquirieron una clarividencia tal como jamás lo hubiese creído… Vime, al parecer, en la nueva casa de Núremberg, habitada por mi hermana, casa que sólo conocía por dibujos, frente a panoramas familiares de la gran ciudad, y al mismo tiempo, cual luz que se apaga y destello vital que se extingue, cual algo, en fin, de lo que deben de experimentar los moribundos, mi pensamiento parecía anonadarse en la noción de un ridículo muy ridículo sentimiento que fue interrumpido en seguida por la clara visión mental de mí mismo, de lo que yo consideraba mi cuerpo, mi todo —no puedo expresarlo de otra manera—, recostado en el sofá, inerte, frío, los ojos vidriosos, con la palidez de la muerte toda en el semblante, mientras que, inclinado amorosamente sobre aquel mi cadáver y cortando el aire en todas direcciones con sus huesosas y amarillentas manos, se hallaba la gallarda silueta del yamabooshi, hacia quien, en aquel momento, sentía el odio más rabioso e insaciable… Así, cuando iba en pensamiento a saltar sobre el infame charlatán, mi cadáver, los dos ancianos, el recinto entero, pareció vibrar y vacilar flotante, alejándose prontamente de mí en medio de un resplandor rojizo. Luego, me rodearon unas formas grotescas, vagas, repugnantes. Al hacer, en fin, un supremo esfuerzo para darme cuenta de quién era yo realmente en aquel instante, pues que así me veía separado brutalmente de mi cadáver, un denso velo de informe oscuridad cayó sobre mi ser, extinguiendo mi mente bajo negro paño funerario…


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