La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros
La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros —¡Basta ya! —interrumpà exasperado, al recordar con estas últimas palabras la indiferencia extraña con que, «en mi alucinación», habÃa presenciado la catástrofe de mi cuñado, la desesperación de mi hermana y su repentina locura—. Si sabÃais esto, ¿por qué me aconsejasteis experiencia tan peligrosa?
—Ella iba a durar tan sólo unos segundos, y mal alguno se hubiese derivado de ella si hubieseis cumplido vuestra promesa de someteros después a la purificación. Yo deseaba únicamente vuestro bien, porque mi corazón se despedazaba al veros sufrir dÃa tras dÃa, y no ignoraba que el experimento, dirigido por uno que sabe, es inofensivo, y sólo es peligroso cuando se desatiende aquella precaución. El maestro de visión, aquel que ha abierto una entrada en vuestra alma, es quien tiene luego que cerrarla, contra intrusiones ulteriores, con el sello de la purificación.
—El maestro de visión: ¡decid más bien el maestro de la impostura!…
Tan dolorosamente intensa fue la expresión de pesar que se reflejó en el semblante del bonzo al escuchar este último insulto a su guÃa que, levantándose y saludándome ceremoniosamente, se alejó de mà con estas sencillas palabras:
—¡Adiós, pues!