La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros
La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros —¡Hablad, hablad de personalidades múltiples, vosotros los profesores de psicofisiologÃa! —me decÃa en medio de aquella tortura que habrÃa bastado a matar a media docena de hombres—. ¡Hablad vosotros, orgullosos, infatuados con la lectura de miles de libros!… Jamás podrÃais explicarme, no obstante, la sucesión de aquella horrorosa cadena real, al par que ensoñada, cuyo desfilar parecÃa no tener fin. No, aunque se rebelase mi conciencia contra ciertas afirmaciones teológicas, negar no podÃa ya la realidad de mi yo inmortal… ¿Cuál, es, pues, oh, Misterio, tu insondable realidad que de tal modo conduces, sin término conocido y con el cuerpo ya muerto, a nuestro pensamiento y nuestra imaginación? ¿Podrá, acaso, ser cierta esa doctrina de la reencarnación en la que tanto porfiaba el bonzo que creyese? ¿Por qué no, si cada año nace una nueva hoja y una nueva flor de una misma y permanente raÃz…?
En aquel punto, el fatÃdico reloj desapareció, mientras que la voz cariñosa del bonzo una vez más parecÃa repetir: «En el caso de que hayáis entreabierto sólo una vez la puerta del augusto santuario de vuestra alma, tendréis que abrirla y cerrarla una y mil veces durante un perÃodo que, por más corto que sea, os parecerá una eternidad…».
Un instante después, la voz del bonzo era ahogada por multitud de otras voces en la cubierta. Anegando en un sudor frÃo, desperté. ¡Estábamos en Hamburgo!