La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros
La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros Me sobrepuse a mi dolor, en un supremo esfuerzo, a fin de cumplir un último deber mío para con los muertos y con los vivos. Pero, una vez que saqué a mi hermana del asilo e hice que viniese a su lado su hija para asistirla en sus últimos días, no sin obligar a confesar su crimen a la infame judía, todas mis fuerzas me abandonaron, y una semana escasa después de mi llegada me convertí en un loco delirante atrapado bajo la garra de una fiebre cerebral. Durante algún tiempo fluctué entre la muerte y la vida, desafiando la pericia de los mejores médicos. Por fin, venció mi robusta constitución, y, con gran pesar mío, me declararon salvado… ¡Salvado, sí, pero condenado a llevar eternamente sobre mis hombros la carga aborrecible de la vida, sin esperanza de remedio en la tierra y rehusando creer en otra cosa alguna más que en una corta supervivencia de la conciencia más allá de la tumba, y con el aditamento insufrible de la vuelta inmediata, durante los primeros días de la convalecencia, de aquellas inevitables visiones, cuya realidad ya no podía negar, ni considerarlas de allí en adelante como «las hijas de un cerebro ocioso, concebidas por la loca fantasía», sino la fotografía de las desgracias de mis mejores amigos! ¡Mi tortura era, pues, la del Prometeo encadenado! Y, durante la noche, una despiadada y férrea mano de hierro me conducía a la cabecera de la cama de mi hermana, forzado a observar hora tras hora el silencioso desmoronarse de su gastado organismo, y a presenciar, como si dentro de él estuviese, los sufrimientos de un cerebro deshabitado por su dueño, e imposibilitado de reflejar ni transmitir sus percepciones. Aún había algo peor para mí, y era el tener que mirar durante el día el rostro inocente e infantil de mi sobrinita, tan sublimemente pura en su misma profanación, y presenciar durante la noche, con el retorno de mis visiones, la escena, siempre renovada, de su deshonra… Sueños de perfecta forma objetiva, idénticos a los sufridos en el vapor, y noche tras noche repetidos…