La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros
La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros El fantasma se movió hacia Nicolás, hasta que se puso directamente frente a él, mientras que éste, con el pelo erizado y con los ojos de un loco, miraba a su propio hijo transformado inesperadamente en su tÃo mismo. El silencio sepulcral fue interrumpido por el húngaro, quien, dirigiéndose al niño fantasma, le preguntó con voz solemne:
—En nombre del gran maestro, de aquel que todo lo puede, contéstanos la verdad y nada más que la verdad. EspÃritu intranquilo, ¿te perdiste por accidente o fuiste cobardemente asesinado?
Los labios del espectro se movieron, pero fue el eco el que contestó en su lugar, diciendo con lúgubres resonancias:
—¡Asesinado! ¡Asesinado! ¡A-se-si-na-do!…
—¿Dónde? ¿Cómo? ¿Por quién? —preguntó el conjurador.
La aparición señaló con el dedo a Nicolás y, sin apartar la vista ni bajar el brazo, se retiró, andando lentamente de espaldas y hacia el lago. A cada paso que daba el fantasma, Izvertzoff el joven, como obligado por una fascinación irresistible, avanzaba un paso hacia él, hasta que el espectro llegó al lago, viéndosele en seguida deslizarse sobre su superficie. ¡Era una escena de fantasmagorÃa verdaderamente horrible!