La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros
La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros Cuando llegó a dos pasos del borde del abismo de agua, una violenta convulsión agitó el cuerpo del culpable. Arrojándose de rodillas se agarró desesperadamente a uno de los asientos rústicos y, dilatándose sus ojos de una manera salvaje, dio un grande y penetrante grito de agonía. El fantasma, entonces, permaneció inmóvil sobre el agua y, doblando lentamente su dedo extendido, le ordenó acercarse. Agazapado, presa de un terror abyecto, el miserable gritaba hasta que la caverna resonaba una y otra vez:
—¡No fui yo…, no; yo no os asesiné!
Entonces se oyó una caída; era el muchacho que apareció sobre las oscuras aguas luchando por su vida en medio del lago, viéndose a la inmóvil y terrible aparición inclinada sobre él.
—¡Papá, papá, sálvame…, que me ahogo!… —exclamó una débil voz lastimera en medio del ruido de los burlones ecos.
—¡Mi hijo! —gritó Nicolás con el acento de un loco y poniéndose en pie de un salto—. ¡Mi hijo! ¡Salvadlo! ¡Oh! ¡Salvadlo!… ¡Sí, confieso!… ¡Yo soy el asesino!… ¡Yo fui quien lo mató!