La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros
La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros —Franz querido: esto no puede continuar asÃ. ¿No crees que es llegado el tiempo de poner fin a nuestra violenta situación?
Franz despertó sobresaltado de su letargo habitual, respondiendo como en sueños:
—Cierto: ya es tiempo más que sobrado de ponerle fin.
Ambos se fueron a acostar sin decir palabra.
Al otro dÃa no vio Franz al anciano en su sitio de costumbre. Se vistió y pasó al comedor que separaba las dos alcobas. Ni el fuego habÃa sido encendido aquel dÃa, como era el hábito de Samuel, ni se veÃa otra huella alguna de las ordinarias ocupaciones del maestro. Franz, extrañado de todo aquello, se sentó en su sitio de siempre al lado de la apagada chimenea, cayendo en su eterna obsesión, obsesión de la que salió extrañamente al extender las manos hacia atrás para cruzarlas tras su cabeza; chocaron ellas con algo que estaba en el estante de detrás y que cayó al suelo con estrépito… ¡Era la caja del violÃn del pobre Klaus, que caÃa rodando a los pies de su discÃpulo y vaciaba su contenido, su violÃn mismo, cuyas cuerdas, al dar de plano contra la chimenea, produjeron algo asà como un quejido lastimero! El efecto que aquello produjo en el joven fue mágico.