La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros
La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros Aquellas primeras notas de la obra, insultantes y altivas cual himno de combate, al par que dulces y majestuosas cual arpegios de serafines, revelaron al hábil Franz una nueva y gigantesca potencia en su arco. En los ligados de notas que después venían, veíanse surgir iris maravillosos, cataratas de luces, tibias, perfumadas, ultraterrestres…, cual en un supremo himno de amor, de juventud y de eterna primavera. Aquellas armonías, nunca oídas, parecían poder hacer que los ríos detuviesen su curso, que las montañas se trasladasen de sitio y hasta que los poderes del infierno inexorable se enterneciesen de piedad… Los legato se convirtieron en singulares arpegios y terminaron por unos acres staccato, semejantes a la carcajada de una harpía infernal… De nuevo asaltaron entonces a Franz los terrores astrales de la pesadilla; reconoció en aquella carcajada la propia voz de su anciano maestro Samuel y arrojó acobardado el arco.
No atreviéndose a continuar aquella evocación musical brujesca, encerró cuidadosamente en su caja el terrible instrumento; lo llevó al comedor, y, vistiéndose con el mayor esmero, se dio a esperar lo más tranquilamente que pudo la hora solemne de marchar a la palestra.