La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros
La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros El público se vio, así, presa bien pronto de la más inevitable alucinación colectiva. Paralizados todos, e impotentes para romper el peligroso encanto, todos yacían pálidos y jadeantes, acurrucados en sus asientos respectivos, con el frío sudor de la muerte. Todas las delicias del opio, todos los ensueños mórbidos de los paraísos artificiales ensañados en sus pipas por los más perturbados fantaseadores coránicos, con huríes seductoras en cuyos labios de fuego libasen a un tiempo la vida y la muerte, estaban allí, y el público entero vivía, horrorizado y agónico, el veneno de aquel enloquecedor delirio… Las señoras chillaban y se desmayaban, los hombres rechinaban los dientes y crispaban las manos con ardores de calentura…
Llegó, así, el finale, a un tiempo mismo anhelado y temido, después de un verdadero terremoto de entusiasmo y frenesí. Un último y radiante saludo del joven Stenio, y hele ya alzando su arco para atacar triunfante el allegro famoso. Entonces, sus ojos tropezaron un momento con los de Paganini, quien, sentado tranquilamente en el palco del empresario, no se había quedado atrás en sus aplausos, aunque sus ojillos, negros y penetrantes como puñales, mostraban la más impasible indiferencia, fijos no en Franz, sino en las misteriosas cuerdas del Stradivarius. Aquello estuvo a punto de turbar al joven, pero se repuso, y dejando caer gallardamente el arco, dio, al punto, las primeras notas.