La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros
La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros El éxito más franco secundó mis empresas. Merced a la confianza en mí depositada por amigos ricos del país, pude negociar fácilmente en comarcas poco o nada abiertas entonces a los extranjeros. Aunque indiferente por igual a todas las religiones, me interesó de un modo especial el budismo por su elevada filosofía, y en mis ratos de solaz visité los más curiosos templos japoneses, entre ellos parte de los treinta y seis monasterios budistas de Kioto: Day-Bootzoo, con su gigantesca campana, Enarino-Iassero, Tzeonene, Higadzi-Hong-Vonsi, Kie-Misoo y muchos otros. Nunca, sin embargo, curé de mi escepticismo, y me burlaba de los bonzos y ascetas del Japón, no menos que antes lo hiciera de los sacerdotes cristianos y de los espiritistas, sin admitir la posibilidad más nimia de que pudiesen aquéllos poseer poderes extraños inestudiados por nuestra ciencia positiva. Ridículos en el más alto grado, además, me resultaban los supersticiosos budistas, buscando hacerse tan indiferentes para el dolor como para el placer, por el dominio de las pasiones.