La cueva de los ecos y otros cuentos ocultistas y macabros

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Un día fatal y memorable, entablé amistad con un anciano bonzo denominado Tamoora Hideyeri. Con él visité el dorado Kwon-On, y de su gran saber aprendí no poco. No obstante la devoción y afecto que por él sentía, no perdonaba nunca la ocasión propicia de burlarme de sus sentimientos religiosos; pero era de tan dulce condición como ilustrada, y a fuer de buen budista, jamás se me mostró ofendido lo más mínimo por mis sarcasmos, limitándose a responder imperturbable: «Esperad, y veréis algún día». Su privilegiada mentalidad no podía creer que fuese sincero mi escéptico ateísmo, tan por encima de la creencia ridícula en un mundo invisible rechazado por la ciencia y lleno de deidades y de espíritus malos y buenos. El apacible sacerdote me decía únicamente: «El hombre es un ser espiritual que es recompensado y castigado, alternativamente, por sus méritos y por sus culpas, teniendo por ello que volver, reencarnado, múltiples veces a la Tierra». Contra aquellas célebres frases de Jeremy Collier de que somos meras máquinas ambulantes, simples cabezas parlantes y sin alma ni más leyes que las de la materia, argüía que, si nuestras acciones estuviesen de antemano previstas y decretadas, sin que tuviésemos más libertad en ellas que la que tienen de detenerse las aguas de un río, la sabia doctrina del karma, o de que cada cual recoge aquello que sembró, sería absurda. Así pues, toda la metafísica de mi amigo se basaba en esta imaginaria ley, junto con la de metempsícosis y otros delirios de este jaez.


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