MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —El elegante hijo de tu protector.
—¡AgustÃn!
—El mismo. Poco tiempo después de llegar de Europa, le llevó allà un amigo suyo. Al principio creyó enamorar a Adelaida con su traje y sus galicismos, y fue tomando serias proporciones su afición a la chica a medida que encontró más enérgica resistencia que la que esperaba.
»Si la muchacha le hubiese amado, creo que él no habrÃa tenido escrúpulo de perderla y abandonarla; más con la resistencia su capricho va tomando el colorido de una verdadera pasión.
—Y la otra, ¿a quién quiere?
—Ahora a nadie, a pesar de los rendidos suspiros de un oficial de policÃa que le ofrece seriamente su mano. Edelmira ha soñado tal vez algo de más poético en armonÃa con los héroes de folletÃn, porque desdeña los homenajes de este hijo menor de Marte que se desespera dentro de su uniforme, como si se tratase de una perpetua postergación en su carrera.
Al decir estas palabras, Rafael habÃa concluido de vestirse y daba la última mano a su peinado. En este momento, y como habÃa dejado de hablar, fijó la vista Rivas en un retrato de daguerrotipo que habÃa colocado sobre una mesa de escritorio. —¡Hombre— dijo—, esta cara la he visto en alguna parte!