MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —¿SÃ? Quién sabe —contestó San Luis, alejando la luz—. ¿Quieres que nos vayamos? —añadió, apagando una de las velas y tomando la otra como para salir.
—Vamos —respondió MartÃn, saliendo junto con su amigo.
Dirigiéronse de casa de San Luis a una casa de la calle del Colegio, cuya puerta de calle estaba cerrada, como se acostumbra entre ciertas gentes en sus festividades privadas.
Rafael dio fuertes golpes a la puerta, hasta que una criada vino a abrirla.
Dar una idea de aquella criada, tipo de la sirviente de casa pobre, con su traje sucio y raÃdo y su fuerte olor a cocina, serÃa martirizar la atención del lector. Hay figuras que la pluma se resiste a pintar, prefiriendo dejar su producción al pincel de algún artista: allà está en prueba el Niño Mendigo, de Murillo, cuya descripción no tendrÃa nada de pintoresco ni agradable.
—Estamos en pleno picholeo —dijo Rafael a Rivas, deteniéndose delante de una ventana que daba al estrecho patio a que acababan de entrar.
—Veo —contestó MartÃn— muchas más personas que las que me has descrito.