MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —Mira, mira —dijo San Luis, asiendo el brazo de MartÃn—, allà va Amador, el hermano; ese que lleva un vaso de ponche, llamado en estas reuniones chincolito. ¿No encuentras que Amador es soberbio en su especie? Ese chaleco de raso blanco, bordado de colores por alguna querida prolija, es de un mérito elocuentÃsimo. La corbata tiene dos listas lacres que dan un colorido especial a su persona, y el pelo encrespado, como el de un ángel de procesión, tiene la muda elocuencia del más hábil pincel, porque caracteriza perfectamente al personaje. MÃralo, está en su elemento con el vaso de licor que ofrece a una niña.
En ese instante un joven se acercó al que asà ocupaba la atención de los dos amigos y le dijo algunas palabras al oÃdo.
Amador salió de la pieza a otra que daba al patio, y por ésta al lugar en que San Luis y Rivas se habÃan detenido.
—Caballeros —dijo acercándose—, ¿que no me harán ustedes la gracia de entrar a la cuadra?
—Estábamos poniéndonos los guantes —contestó Rafael—, ya Ãbamos a entrar.
Luego, señalando a su amigo.
—Don Amador —le dijo—, tengo el gusto de presentarle al señor don MartÃn Rivas. El señor don Amador Molina —dijo a MartÃn.