Martín Rivas

Martín Rivas

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—¡Mira la vieja cómo se anima también! —exclamó—. ¡Y con un buen mozo, además! ¡Eso es, hijita, no hay que recular!

—Por supuesto, pues —contestó ésta—, ¿que las niñas no más se han de divertir? Amador se agitaba en todas direcciones buscando una pareja que faltaba.

—Y usted, señorita —dijo a una niña después de haber recibido las excusas de otras—, ¿no me hará el merecimiento de acompañarme?

—No he bailado nunca cuadrillas —respondió ella con voz chillona—, ¿si quiere porca? —Sale no más, Mariquita— le dijo doña Bernarda, —aquí te enseñarán, no pensís que es tan rudo.

Al cabo de algunas instancias, Mariquita se decidió a bailar, y la cuadrilla dio principio al compás de los desacordes sonidos del piano, sobre cuyo pedal el tocador hacía esfuerzos inauditos, agitándose en el banquillo, que con tales movimientos sonaba casi tanto como el instrumento.

No contribuía poco también la algazara de los danzantes y espectadores a sofocar los apagados sonidos del piano, porque Mariquita y la niña de catorce años se equivocaban a cada instante en las figuras y recibían lecciones de tres o cuatro a un tiempo.

—Por aquí, Mariquita —decía uno.

—Eso es, ahora un saludo —añadía otro.

—Por acá, por acá —gritaba una voz.


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