MartÃn Rivas
MartÃn Rivas —MÃreme a mà y haga lo mismo —le decÃa Amador, contoneándose al hacer adelante y atrás con su vis-a-vis.
—No griten tanto, pues —vociferaba el del piano—, asà no se oye la música.
—Tomá un traguito de mistela para la calor —le dijo doña Bernarda pasándole una copa, mientras que Amador daba fuertes palmadas para indicar al del piano el cambio de figura.
En la segunda, la niña de catorce años quiso hacer lo mismo que en la primera, turbando también al que bailaba a su frente e introduciendo general confusión, porque todos querÃan principiar a un tiempo para corregir a los equivocados y restablecer el orden a fuerza de explicaciones. Este desorden, que desesperaba a los jóvenes y a las niñas que pretendÃan dar a la reunión el aspecto de una tertulia de buen tono, regocijaba en extremo a doña Bernarda, que, con una copa de mistela en mano, aplaudÃa las equivocaciones de los danzantes y repetÃa de cuando en cuando, llena de alborozo por lo animado de la reunión:
—¡Vaya con la liona que arman para bailar!