Martín Rivas
Martín Rivas Rafael San Luis era, con gran sorpresa de Rivas, uno de los que más alegría manifestaban, contribuyendo por su parte en cuanto podía a embrollar el muy enmarañado nudo de la cuadrilla, haciendo a veces oír su voz sobre todas las otras y aprovechando la confusión para quitar a alguno su compañera y principiar con ella otra figura, lo que perturbaba la tranquilidad apenas daba visos de restablecerse.
Martín observaba a su amigo desde aquel nuevo punto de vista, que contrastaba con la melancólica seriedad que siempre había notado en él, y creía divisar algo de forzado en el empeño que San Luis manifestaba por aparentar una alegría sin igual. —Su amigo es el regalón de la casa— le dijo acercándose doña Bernarda.
—No le creía tan de buen humor —contestó Rivas.
—Así es siempre, gritón y mete bulla; pero tiene un corazón de serafín. ¿No le ha contado lo que hizo conmigo?
—No, nunca me ha dicho nada.
—Ésa es otra que tiene. A nadie le cuenta las obras de caridad que hace; pero yo se la contaré para que lo conozca mejor. El año pasado estuve a la muerte, y después de sanar, cuando quise pagar al médico y al boticario, me encontré con que no les debía nada, porque él ya los había pagado. ¡Ah, es un buen muchacho!