Martín Rivas

Martín Rivas

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El profundo agradecimiento con que doña Bernarda pronunció aquellas palabras hizo una fuerte impresión en el ánimo de Rivas, llamando su atención de nuevo sobre la loca alegría de San Luis, que en ese momento había hecho llegar a su colmo la confusión y algazara de los de la cuadrilla.

Al verse observado por su amigo, Rafael vino hacia él. En el corto espacio que recorrió para llegar hasta Martín su rostro había dejado la expresión de contento que lo cubría por la serena tristeza que revelaba ordinariamente.

—Esto principia no más —le dijo—, a medida que nos pierdan la vergüenza nos divertiremos mejor.

—¿Y realmente te diviertes? —le preguntó Martín.

—Real o fingido, poco importa —contestó San Luis con cierta exaltación—, lo principal es aturdirse.

Y se alejó después de estas palabras, dejando a Rivas en el mismo lugar. Iba éste a salir a la pieza contigua, cuando se halló frente a frente con Agustín Encina, que llegaba deslumbrante de elegancia. Los dos jóvenes se miraron un momento indecisos, y un ligero encarnado cubrió sus rostros al mismo tiempo.

—¡Usted por aquí, amigo Rivas! —exclamó el elegante.


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