Martín Rivas

Martín Rivas

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—Ya lo ve usted —contestó Martín—, y no adivino por qué se admira, cuando usted frecuenta la casa.

—Admirarme, eso no; lo decía porque como usted es hombre tan retirado… Yo vengo porque esto me recuerda algo las grisetas de París, y luego en Santiago no hay amuzamientos para los jóvenes.

Agustín se fue, después de esto, a saludar a la dueña de casa, que, por mostrarle su amabilidad, le señaló tres dientes que le quedaban de sus perdidos encantos.

En este momento Rafael, que acababa de divisar al joven Encina, tomó del brazo a Rivas y se adelantó hacia él.

—¿Has saludado —le dijo, estrechando la mano de Agustín— a este elegante? Aquí todas las chicas se mueren por él.

—Estás de buen humor, querido —le contestó Encina, poniéndose ligeramente encarnado—, mucho me alegro.

Y pasó al salón, ostentando una gruesa cadena de reloj con la que esperaba subyugar a la desdeñosa Adelaida.

Terminada la cuadrilla, doña Bernarda llamó a algunos de sus amigos.


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