Martín Rivas

Martín Rivas

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—Vamos al montecito —les dijo—, es preciso que nosotros también nos divirtamos. Varias personas rodearon una mesa sobre la cual doña Bernarda colocó un naipe, y las restantes, con Rivas y San Luis, entraron al salón, donde se oía el sonido de una guitarra.

Tocábala Amador, sentado en una silla baja y dirigiendo miradas a la concurrencia, mientras que la criada que había abierto la puerta a Rafael pasaba una bandeja con copas de mistela.

Hombres y mujeres acogieron el licor con agrado, y Amador, dejando la guitarra, presentó un vaso a Rivas y otro a Rafael, obligándoles a apurar todo su contenido.

A esta libación sucedían varias otras que aumentaron la alegría pintada en todos los semblantes e hicieron acoger con entusiasmo la voz de uno que resonó diciendo:

—¡Cueca, cueca, vamos a la cueca!

Agitáronse al aire varios pañuelos, y Rivas vio con no poco asombro salir al medio de la pieza a una niña que daba la mano al mismo oficial que le había recibido en la policía la noche de su prisión.

—Éste es el oficial que estaba de guardia cuando me llevaron preso —dijo a Rafael.

—Y el mismo enamorado de Edelmira —le contestó éste—; acaba de llegar, por eso no le habías visto.


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