Martín Rivas
Martín Rivas Resonó en esto la alegre música de la zamacueca bajo los dedos de Amador, y se lanzó la pareja en las vueltas y movimientos de este baile, junto con la voz del hijo de doña Bernarda, que cantó, elevando los ojos al techo, el siguiente verso, tan viejo, tal vez, como la invención de este baile:
Antenoche soñé un sueño Que dos negros me mataban,
Y eran tus hermosos ojos Que enojados me miraban.
Seguían muchos de los espectadores palmoteando al compás del baile y animando otros a los de la pareja con descomunales voces.
—¡Ay, morena! —Gritaba una voz haciendo un largo suspiro con la primera palabra—. ¡Ha, han! —Decía otra al mismo tiempo.
—¡Ofrécele, chico!
—¡No la dejes parar!
—¡Bornéale el pañuelo!
—¡Échale más guara, oficialito!
Eran voces que se sucedían y repetían, mientras que Amador cantaba:
A dos niñas bonitas Queriendo me hallo;
Si feliz es el hombre,
Más lo es el gallo.