Martín Rivas
Martín Rivas Al terminar la repetición de estas últimas palabras, un bravo general acogió la vieja galantería que usó el oficial, poniéndose de rodillas delante de su compañera al terminar la última vuelta.
Continuaron entonces las libaciones, aumentando el entusiasmo de los concurrentes, que lanzaban amanerados requiebros a las bellas y bromas de problemática moralidad a los galanes. Al estiramiento con que al principio se habían mostrado para copiar los usos de la sociedad de gran tono, sucedía esa mezcla de confianza y alambicada urbanidad que da un colorido peculiar a esta clase de reuniones. Colocada la gente que llamamos de medio pelo entre la democracia que desprecia y las buenas familias a las que ordinariamente envidia y quiere copiar, sus costumbres presentan una amalgama curiosa en la que se ven adulteradas con la presunción las costumbres populares, y hasta cierto punto en caricatura, las de la primera jerarquía social, que oculta sus ridiculeces bajo el oropel de la riqueza. Rafael hacía a Rivas estas observaciones mientras huían de uno que se empeñaba en hacerles apurar un vaso de ponche.